
Toda la vida llevo viviendo en la dualidad: cualquier situación que vivo es todo un proceso de elección. Casi siempre, para una misma acción me aparecen diferentes opciones y cuando más o menos consigo hacer una selección y quedarme con las dos que más peso tienen, resulta que están enfrentadas, es decir, siempre acabo escogiendo las dos opciones más opuestas.
Por supuesto, esa dualidad siempre me crea incertidumbre pues aunque al final acabe decidiéndome por una de las opciones y descartando la otra, nunca tengo la certeza de estar escogiendo la mejor, la más acertada, la que mejor resultado le va a provocar a mi vida. Y que conste que una vez que decido, no me quedo pensando que sería de mi vida si hubiera escogido la otra...nooo, por suerte (creo) eso no lo hago. Escojo y tiro p'alante con todas sus consecuencias (muchas veces mejor me hubiera dado un coscorrón antes de elegir "esa").
Es en este tiempo en el que vivo una de esas épocas en las que la dualidad que se me presenta, es de las importantes. Sin ser algo que vaya a incidir de forma rápida ni tajante en mi forma de ser y de vivir, creo que ahora me enfrento a una situación donde elegir supone cambiar patrones, ir más en contra de lo "habitual" de lo que siempre he ido, posiblemente volverme algo-bastante más "fria"... pero a la vez, internamente, siento que sería la opción donde yo me sentiría más yo, donde más liberada de responsabilidad me sentiría, desde donde podría simplemente SER. Y a todo éso, no es fácil escoger. Renunciar a muchas cosas que posiblemente te hagan la vida algo más fácil, más cómoda, más común tampoco es fácil.
No sé, aquí ando, entre dudas, dilemas, pensamientos y emociones que me marean (sigo mareada) sin tener todavía claro por dónde tirar. Y al final, como siempre, acabaré decidiendo por propio impulso: creo que allí donde acabe será el mejor sitio donde podría acabar, aunque sea lo que menos quiera desear.


















